Roja {@RedHowlingHood}

— The Darkest Time —
Tale of a nightmare

Los segundos avanzaban pesadamente, mientras el ruido de la manecilla del reloj anunciaba el paso de los minutos y con ellos, de las horas. La misma entonación para ese destino que jamás podría ser cambiado. El tiempo pasaba y con él, la morena no hacía más que removerse en su cama, incapaz de conciliar el sueño.
Llevaba así varios días (exactamente desde los días que siguieron a la llegada de Emma Swan) y el cansancio empezaba a hacer estragos tanto en su buen humor, del mismo modo que en su salud. Por ello estaba más susceptible, por ello casi cada día discutía con su abuela y por ello sentía de forma más pesada, es angustia que le oprimía el pecho, como si se encontrase aplastado por losas gigantescas.
Quería salir de allí, huir de todo y aún así, por más que se alejaba, sus pasos volvían a llevarla hacia el centro de la plaza del reloj. Ese maldito reloj que no funcionaba, igual que ella. Había muerto a saber en qué momento y simplemente estaba allí, impasible, sin aportar nada, sin cambiar el más mínimo aspecto de su vida, mientras sus días eran siempre iguales. Odiaba ese reloj y odiaba tener que pasar por delante de él cada día, cuando se dirigía al trabajo. No era más que un recordatorio de lo que estaba haciendo con su vida. O más concretamente, de qué no estaba haciendo.
Otro día que acababa y ella no quería cerrar los ojos, porque si lo hacía, si se sumía en el descontrol del reino de los sueños, otra vez se encontraría con esos ojos y esa voz que gritaba su nombre en las sombras. Otra vez en la que que trataría de ir corriendo para terminar sumida en la más fría y penetrante oscuridad, en la que solo lograría ver unos ojos. De alguien importante, seguramente, por como le latía el corazón. Unos ojos que perderían el brillo y terminarían teñidos de rojo, igual que sus manos, que se esforzarían por atraparle, para terminar abrazando la nada. Y en su garganta, ahogaría un grito desesperado, incapaz de pronunciar su nombre .
¿Cual era?
¿Cómo podía olvidar algo tan importante?
Todas las noches se repetía la misma escena en su cabeza. Una situación que la perseguía en su momento de mayor vulnerabilidad y la debilitaba más de lo que ella imaginaba. Y al despertar...
Bueno, solo quedaban los rescoldos de aquel vacío en su pecho y poco más. Cuanto mayor era la luz que entraba por la ventana, más grande eran las sombras que la consumían y más rápido se esfumaban los esbozos de aquellos sueños. Dejando solo la tristeza y la amargura de empezar otro día en el que seguiría la misma pauta de siempre.
— The most dangerous monster lives in our hearts—
Cuando las luces se tiñen de oscuridad

No, el lobo no era Peter.
El monstruo estaba oculto en el interior de aquella chica de oscuros cabellos que pagó un precio demasiado alto por su rebeldía. Un precio que no estaba dispuesta a asumir y de haberlo sabido... Simplemente habría hecho las cosas de otro modo. No habría expuesto de la forma en la que lo hizo a ese chico. No le habría dejado frente a ese monstruo...
Si hubiese escuchado a su abuela, si no hubiese tratado de demostrar que tenía razón y podía controlar una situación que sin saberlo, escapaba a su control...
Peter seguiría vivo...
Lo estaría... o así lo pensaba ella, que ahora lidiaba con un peso demasiado grande sobre sus hombros. Tenía las manos manchadas con la sangre de la persona que mas amaba y su corazón partido en dos. Ese día no solo un joven arriesgó todo lo que tenía por amor y perdió la vida. Ese día, la propia Roja se quebró por dentro. Su corazón se había apagado al mismo tiempo que el de su amado se paraba y ahora solo quedaba oscuridad.
Ni fue consciente de lo que hizo. Antes siquiera de llorarle. Antes de ser consciente que le había perdido para siempre y que ella era la única responsable de aquello.
Ella era el monstruo.
¿Cómo se supone que uno sigue adelante tras una catastrofe igual? ¿Cómo seguía uno respirando? ¿Qué debía hacer? Nada, salvo correr. Huir lejos, lejos de allí sin decir nada a nadie. Ni a su amiga Blanca, ni a la abuelita que tanto había tratado de protegerla. A nadie. Tenía claro que tras ese accidente, la buscarían los cazadores y con motivos. Ahora estaba sola.
Seguía corriendo, mientras el frío aire le congelaba las lágrimas que sin previo aviso habían empezado a rodar por sus mejillas. Corría sin pensar, sin marcar un rumbo, mientras se adentraba en el bosque, que seguía teñido de blanco, por toda la nieve que había caído durante la noche. Tras sus pasos, solo quedaban las huellas, teñidas de un rojo que se diluía con el agua de la nieve, creando un rastro rosado que poco a poco desaparecía.
Las ramas rozaban su piel, dejando pequeños cortes allí donde los extremos de los árboles la habían acariciado, dejando un fino reguero rojo brillante. El único color que la acompañaría siempre, el rojo, como la sangre que había derramado... El color de aquella caperuza que la debería haber protegido de todo aquello...el mismo de su nombre, que le recordaría lo sucedido.
La noche se habría paso y con ella una luna que empezaba a menguar, brillaba burlona en el cielo, divertida de su desgracia. Se había refugiado entre las ramas y restos de hojas. Hecha un ovillo, mientras rodeaba sus rodillas con los brazos, temiendo terminar de romperse si aflojaba el agarre. Sentía un agujero en el pecho que se hacía más grande a cada segundo que pasaba y amenazaba con llevarla a la nada.
¿Algún día dejaría de doler?
Esperaba que no. Porque si dejaba de dolerle significaría que le habría olvidado y no quería eso. No quería olvidar su rostro, como torcía la sonrisa, su voz, sus besos... Merecía el dolor inmenso que sentía con cada respiración que daba. Tanto lloró que ni fue consciente de en qué momento sus ojos terminaban cerrados por el cansancio, dejando que su subconsciente fuese el que tomase el control.
"¿Que haces ahí temblando, pequeña loba?"
Preguntó una voz que distaba mucho de sonar amistosa. Todo estaba oscuro y no sentía nada. Ni dolor en el pecho, ni pesar, ni tristeza... Nada.
"¿Vas a llorar de ese modo por un pobre humano?"
Aquello no la hacía sentir mejor, en lo más mínimo. Mucho menos cuando le recordaba que ella no era humana, que era un monstruo. Un monstruo que merecía ser cazado y aún así, no tenía el valor suficiente para afrontar ese destino.
- ¿Quién hay ahí? - Preguntó con voz temblorosa. Saber dónde estaba en esos momentos pasó a un segundo plano. ¿Por qué esa voz le ponía la piel de gallina? ¿Por que le resultaba familiar y a la vez le daba miedo?
"No me recuerdas...interesante..." - Aquello casi parecía un pensamiento para la propia voz, que se hizo notar tras el cuerpo de la joven - Soy un antiguo amigo,loba...y vengo a mostrarte un futuro sin miedos, sin preocupaciones - Estaba tras ella, de pie, magnifico y gallardo a la par que escalofriante y macabro.
Roja giró sobre sus pies, dando así la vuelta, al sentir que esa voz venía de su espalda. Y efectivamente allí estaba el que parecía estar disfrutando tanto de su situación.
- ¿Quién eres? - Preguntó de forma directa, a esa silueta que había frente a ella. ¿Por que parecía una sombra? No entendía nada.
-¿Mi nombre? Mikel...¿Quién soy? Es algo mucho más difícil de explicar, mi bella Roja...- Se terminó de acercar a ella, haciendo aparecer una gruesa capa sobre sus hombros de color rojo. Una tela que conocía de sobras y que su abuela se esforzaba en recordarle que no la olvidase nunca, porque si así lo hacía, cosas terribles podrían pasar. Algo que ya había experimentado en su propia piel. - He venido al saber lo ocurrido, nada debes temer de mí. - Aseguró el hombre con una sonrisa tranquilizadora, quizás fuera el peor ser en la faz de esa tierra, pero era aún mejor actor.
La cara de la muchacha, por otra parte, exteriorizaba la confusión que sentía. No entendía nada. A su alrededor ya no había árboles, ni rastro de nieve, ni... ¿Qué más daba? La primera reacción que tuvo fue retroceder un paso, mientras sus manos se aferraban a la capa que había colocado por encima de sus hombros. Quizás fue un impulso descortés, pero una voz dentro de ella le decía que huyera.
¿Tanto habían corrido los rumores ya que todo el reino sabía lo que había pasado?
- No confío en los desconocidos... - En esos instantes no era más que un animal herido (quizás demasiado). Una criatura asustadiza que se negaba a ser ayudada por nadie y mucho menos si ese alguien era un completo desconocido.
- No soy ningún desconocido, aunque está claro que no me recuerdas...- Y esa voz que tanto le ponía la piel de gallina, se volvió más suave. Ese hombre se acercó a ella sin importarle que se hubiera alejado unos pasos. La rodeó con los brazos, sin darle opción de apartarse, dejando así que la parte más enterrada, más olvidada y oculta de ella le reconociera, reconociera su aroma, quien era...
Del mismo modo que haría cualquier persona con dos dedos de frente, intentó soltarse y apartarse de él. Todo en su cuerpo la instaba a salir corriendo y alejarse y aún así, a pesar de lo que le pedía el cuerpo y le gritaba la cabeza, ese abrazo terminó por tranquilizarla. Cerró los ojos un instante y soltó el aire despacio, destensando los músculos. ¿Por qué resultaba tan familiar aquello? Seguía con la cabeza embotada y hecha un lío, pero decidió dejar de pensar las cosas, aunque fuese por un momento y se dejó invadir por la calma que sentía.
La mantuvo así contra él, sin dejar que nada más se colara en su mente, necesitaba que nada la tentara, sólo él y su oferta, después de todo, para eso estaba allí.
- Roja, vengo porque me preocupo por ti, me mantuve en las sombras esperando que ellas lo hicieran bien... que te cuidaran... pero, no sirve que me oculte más...- Suspiró fingiendo gran pesar, del modo más creíble. Por lo menos así lo fue para la licantropa. - Puedo ayudarte, enseñarte a usar ese don para algo bueno, para cuidarte.
- ¡¿Algo bueno?! - Se apartó de golpe de sus brazos. Algo como aquello no podía ser bueno. No, después de haber terminado con la vida de Peter. No después de causarle tanto dolor a las personas que ella quería y de haberle destrozado la vida. - Dudo mucho que nadie pueda ayudarme... - Murmuró, dejando más espacio entre ellos. Nadie podía devolverle lo que había perdido.
- Claro que puede ser algo bueno... aunque no lo veas... - Cogió aire y él mismo se transformó en un enorme y majestuoso lobo. No, no era como ella, pero era una ventaja ser él o ellos. El lobo se acercó despacio y con las orejas gachas a la mujer.
Sus ojos se abrieron muchísimo al ver frente a ella un lobo de pelaje tan hermoso. Se tensó, esa es la verdad, porqué no sabía las intenciones de ese ser, hasta que se acercó a ella. - Eres... - Murmuró, estirando la mano, hasta que sus dedos llegaron a tocar su fino pelaje.- ¿Eres como yo?
El inmenso lobo emitió un gruñido amistoso, dejando que le acariciara y afirmando al mismo tiempo, tan mentiroso, tan manipulador, sabía que así podría llevarla con él. Dió un par de pasos atrás y volvió a ser el hombre anterior.
- Puedo enseñarte, ayudarte a usar tu don. - Sugirió nuevamente y con una sonrisa torcida añadió el broche final.- Enseñarte a que no hagas daño a nadie más...
¿Y cómo negarse a algo así? ¿Si era verdad lo que decía, aquello que la conocía y que estaba allí para ayudarla? Ella no quería sentirse así. No quería ser la responsable de la desgracia de nadie más.
- Yo... solo quiero dejar de sentir que me rompo por dentro... - Admitió, casi en un susurro. Los brazos de ese hombre, o lobo, o lo que fuera, volvieron a rodearla, tratando de calmarla nuevamente. Esta vez no se apartó, se rindió a esa sensación que sentía, como si nada malo pudiera pasarle, mientras el demonio le susurraba promesas de que ese dolor desaparecería.
Aceptó irse con él. Lo que no imaginaba es que no solo el dolor desaparecería, sino todo cuanto había podido llegar a sentir alguna vez, ya fuera bueno o malo. Todo desapareció y solo dejó un vacío. Vacío que la consumió sin que pudiera hacer nada para evitarlo.
Todo lo que antes era luz, ahora estaba teñido por sombras.
— New world, new life...after the fall —
continuación

Había renunciado al dolor, si. Pero al mismo tiempo que aceptaba esa escapatoria que le ofrecía el tal Mikel, sin saberlo, renunciaba a lo más bueno y a lo mejor que tenía por ofrecerle al mundo; su calidez, su corazón... toda su bondad desaparecería. Y aún así, era la mejor opción que se le ocurría. Ya no quedaba nada de ella, ni recuerdos, ni sentimientos... nada que la limitase, nada que la desestabilizarse y por lo que sintiera que su corazón se rompía en más de mil pedazos con cada bocanada de aire que daba.
Aún podía escuchar aquella voz a lo lejos. Esa carcajada triunfante que brotó de la garganta del demonio, cuando ella cedió a la propuesta. Esa voz... se difuminaba, se diluía y mezclaba con un cálido aire que le alborotaba, unos cortos cabellos. Cuando abrió sus azules ojos, todo se había ido, no estaban ni la abuelita, ni Peter... ni toda la sangre que teñía la nieve cada vez que pestañeaba. Ya no había rastro del bosque encantado. Todo había desaparecido.
- "Hoy es un día memorable" - Comentó una voz a lo lejos. Le resultaba familiar y aún así, diría que era la primera vez que la escuchaba. ¿Era eso posible?
Toda la oscuridad que la rodeaba, aquello que no dejaba que sus azules orbes captaran nada más, se vio eclipsado por un pasillo luminoso. Avanzó unos pasos en esa dirección, mientras aquella luz se hacía mayor. Otro paso más y cuando se dio cuenta estaba en el centro de una sala inmensa llena de columnas blancas en las que había diferentes personas. Todos vestidos de negro. Todos mirando hacia donde ella estaba.
Entreabrió los labios para preguntar dónde estaba pero su voz se había apagado... Incluso ese trozo de tela que llevaba siempre, tan lleno de color, tan vivo, aquella capa rojiza tan hermosa ahora lucía oscura como la más intensa de las noches.
-"El miembro XIV" - Dijo esa misma voz. A lo que la morena giró el rostro, para ver de dónde venía y así, poder ponerle una cara a aquella voz, que seguía resultándole familiar. ¿Por qué? - "Xion" - Añadió con una sonrisa ladeada.¿Ese era su nombre? Le resultaba más que desconocido, como si no fuera parte de ella, pero... ¿Qué lo era y qué no? Se sentía vacía, como un recipiente sin alma, sin motivación. Mientras la mujer del centro, giraba sobre sus pies, con los ojos teñidos de confusión. ¿Qué hacía en ese lugar? ¿Quién era toda esa gente? Y sobre todo.. ¿Quién era ella?
Los días allí pasaban del mismo modo. Uno tras otro, sin nada de especial. Todas aquellas personas que vestían de negro, igual que ella, parecían tener un propósito. Algo que hacer. Pero en cambio, ella... Su motivación se limitaba a levantarse y entrenar, como si aquello fuese a servirle de algo algún día. Conocer a Roxas y posteriormente a Axel, fue lo mejor que le pasó a la morena, en ese lugar. Fue un gran cambio en su rutina. No recordaba haber tenido amigos anteriormente, en verdad, no recordaba nada antes de la Organización... Pero le gustaba aquello de poder compartir esos instantes, con los dos.
Lo único que tenía era a sus nuevos amigos y esa agradable sensación, cada vez que en una misión, se adentraba en un bosque... Siempre recogía alguna piedrecita que se llevaba consigo, como si aquello fuese importante. Y eso que visitaba muchos lugares diferentes, pero el verdor de los árboles, la profundidad que tenían esos lugares, el sonido de las ramas chocando con ellas con el aire... Era como si en un lugar como aquel, hubiese sido realmente feliz, pero... aquello era una locura, verdad?
Solo era otro soldado más, que entrenaba cuando le decían, que cumplía las misiones que se le encomendaban cuando se lo ordenaban, sin preguntar. Y aún así, había tantas cosas que quería saber...
Pero claro... ¿Quien iba a contarle nada a una simple marioneta?
— La organización XIII —
continuación

La Organización XIII, era un grupo formado por trece personas. Dirigido por el principal eje de todo mal; el demonio Mikel. Aunque por supuesto, nadie allí conocía de su existencia, ni mucho menos sus intenciones. Con ese don para embaucar que tenía, había conseguido de cada uno de los 12, aquello que había querido. Les había ofrecido poder, fama, incluso unos sentimientos que nunca llegarían a tener... Jugaba con aquellos deseos y anhelos más profundos de cada ser y los manipulaba a su antojo y lo mejor de todo, era que nadie era consciente de aquello.
¿Por qué hacía tal cosa?
Muy sencillo; poder. En ese lugar, en el que era tan sencillo viajar entre mundos, si juntaba las habilidades de los 12 para terminar con aquellos mundos y absorbía su esencia, él sería más poderoso aún, de lo que ya era.Sería un destructor de mundos, capaz de cualquier cosa. Así, de ese modo, estaría a la altura de combatir junto a su tan adorada reina.
Todo tenía su estructura, su orden y una razón de ser, en un perfecto equilibrio. Todo tenía su lugar y su propósito... hasta que llegó Roja, o cómo la habían bautizado en ese lugar, Xion. Era el miembro catorce, de una organización de trece y a muchos, aquello no le terminó de sentar bien.
Xion, en ese lugar tan extraño, en el que se movían como sombras inexistentes, encontró el apoyo de Axel, un chico pelirrojo, bastante extrovertido y a la vez misterioso. A la par que el de Roxas, con el que habían empezado a mandarla a hacer misiones. Era un muchacho muy agradable y la hacía sentir como si aquello fuese para ella, como si realmente encajase en ese lugar.
Pero... ¿Realmente era así?
A cada día que pasaba el ambiente entre los de negro era más extraño. Parecía que algunos escondían algo y luego... bueno, estaba ella que se limitaba a obedecer y hacer aquello que se le pedía. ¿Ese era su cometido, no? Era lo que se esperaba de ella.
Pero no llevaba tan bien el realizar esas tareas sin el apoyo de Roxas, que se había vuelto un pilar, más que fundamental en su vida. Cada día al regresar, se reunían los tres en lo más alto de la torre del reloj y compartían unos helados de sal marina, mientras charlaban de cómo les había ido el día o qué podrían hacer en sus próximos días libres. Era el mejor momento del día, para la morena. En el que se sentía feliz y completa.
Aunque esa felicidad no duró mucho. Exactamente se quebró en mil pedazos, cuando mandaron a Xion a un mundo llamado el Bosque Encantado. Por supuesto, ese lugar era en su mayoría bosques y verdes y desde el primer instante en que puso sus pies en el suelo, se sentía extraña. Como mareada, abrumada... Y la orden era más que clara, tenía que arrasar ese lugar. Destruir cada pizca de verde.
Cuánto más adentro del bosque se encontraba, más claro tenía que aquello sería algo imposible. Estar allí, se sentía cómo volver a estar en casa. Era la misma calidez que sentía en el pecho, cada día que se encontraba con sus dos amigos.
Simplemente, no podía acabar con aquello.
¿Acaso no habían visto la belleza de aquel lugar? ¿Cómo podían decir que ese sitio era malo y debía ser borrado de la faz de la tierra, cuando a ella le movía cosas tan buenas.
No. No podía serlo. Así que regresó sin cumplir lo que le habían pedido. Era la primera vez que fallaba, la primera vez que no seguía las órdenes y por supuesto, si ya estaban algunos molestos por un miembro de más, eso lo tomaron como un acto de rebeldía.
Quizás sería una locura, en verdad ella así lo sentía, pero desde su regreso de aquel lugar, sus sueños se habían vuelto muy extraños. Y aunque lo compartió con el pelirrojo y el rubio, no parecían entender cómo aquello la había llegado a afectar. Era como si su alma se encontrase atada a ese sitio... Como si en otra vida, hubiese estado corriendo por esos bosques. Una locura ¿Verdad?
Locura era que conforme pasaban los días, habían dejado de asignarle misiones. Locura eran los sueños que tenía en los que se sentía más viva que ahora. Locura era la nostalgia que no la dejaba ni a sol ni sombra. Y más locura aún, esa necesidad de volver a ese lugar.
¿Que podía hacer? No recordaba haber sentido nada así nunca. Pero es que claro, los recuerdos que tenía de su vida, eran escasos. Nulos, si pensaba en su vida antes de la organización. Así que por una vez, dejó de lado lo que se les había ordenado y regresó a ese lugar, para encontrarse en bosque en llamas.
No podía creerlo. ¿Qué había pasado?
Corrió como nunca, buscando el orígen de ese fuego, mientras la imagen de una anciana ocupaba su mente por completo y las lágrimas empezaban a rodar por sus mejillas, hasta que en el inicio del bosque, topó con un gran sincorazón. Ese ser, debía ser el causante de aquella catastrofe. Lo que ella no imaginaba es que aquello que ella veía, no era real. El bosque no ardía y el sincorazón... Bueno, en realidad se trataba de Roxas, que a su vez, estaba viendo a Xion como otro engendro amenazador, no como la chica que había bajo aquella capucha negra.
Fue la lucha más dura que jamás había tenido. Le recordaba de alguna forma a esos entrenamientos junto a Roxas... El rubio, hacía días que no le veía y ahora... bueno, simplemente le echaba de menos. No quería seguir haciendo esas misiones, no quería seguir sola... quería volver a esos días de risas en lo alto de la torre del reloj.
Pero esos días ya no volverían. Ya nada sería igual. Lo supo en el momento en que aquel monstruo hundió su garra en su abdomen. Y entonces...
Con los ojos anegados de dolorosas gotas, pudo ver la realidad. Una última imágen de aquel que tanto había querido, que se volvía borrosa para tornarse oscuridad. Mientras la dulce voz del chico, le pedía que abriera los ojos.
Lo intentó.
Pero le pesaban tanto los párpados que esa tarea le resultaba más que imposible y después...
Lo que ocurrió a continuación, pasó ajeno a ella, que seguía inerte en el suelo, mientras el joven se aferraba a su cuerpo.
Delante de aquella escena, apareció el líder de la organización, que se llevó el cuerpo de la muchacha, lejos de ese lugar.
— El títular va aquí —
Introduce aquí el subtítular

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